Asi será el futuro debate por el estado de la Nación
Asi será el futuro debate por el estado de la Nación
En los últimos años, siempre que el nombre de Heston salía a la palestra iba asociado a la extrema derecha estadounidense y la Asociación Nacional del Rifle, aunque pocos saben que en su juventud el intérprete fue un abanderado de los derechos humanos. En la década de los sesenta puso dinero de su propio bolsillo para que Orson Welles pudiera finalizar el rodaje de Sed de Mal, un thriller de claro mensaje antirracista, pero en los noventa consiguió censurar al rapero Ice-T argumentando que “sus letras contribuían al declive moral de la sociedad estadounidense”, gesto que fue entendido como un ataque a las minorías afroamericanas.
Heston se sentía cómodo en el papel de héroe, de salvador, de nuevo Mesías... y sus cruzadas trascendieron de la gran pantalla. De joven fue demócrata acérrimo y murió siendo un conservador extremista. Un gigante de 1,92 debilitado por la pérdida de memoria y convertido en una caricatura de si mismo cada vez que empuñaba un rifle.
Recuerdo el rostro pétreo de Heston en la mayoría de las películas de ciencia ficción setentera que marcaron mi infancia. Del canibalismo de Soylent Green (Cuando el destino nos alcance) al desolador futuro de El último hombre vivo, pasando por la irrepetible escena final de El Planeta de los Simios y su grandilocuencia al descubrir la estatua de la libertad enterrada en la arena. También recuerdo esos sábados después de comer, con las reposiciones constantes de Terremoto, Cuando ruge la marabunta o Aeropuerto 75 por televisión.
En la gran pantalla, Heston era la personificación del héroe imbatible, pero en su vida real se mostró vulnerable y perdió su último duelo (a la postre, el definitivo) contra la demagogia oportunista y canallesca de Michael Moore en su documental Bowling for Columbine. Un desenlace final propio de sus filmes apocalípticos.
Hace tiempo que desconecté del mundo de la viñeta, pero mis amigos aseguran que siguen publicándose cosas interesantes más allá de Eatman o Gen13, que fueron las últimas series que completé. Si hay unos personajes que, inevitablemente, siempre terminan apareciendo en nuestras conversaciones viñeteras son las Tortugas Ninja. Tenemos que remontarnos a finales de los 80 con ese cómic decadente en blanco y negro infestado de guiños a la serie B creado por Kevin Eastman y Peter Laird. Por entonces tenían la máquina recreativa en un bar del barrio, un beat’em up bastante logrado y con opción de cuatro jugadores simultáneos, donde nos dejamos un buen puñado de monedas de cinco duros, de esas que aún no tenían el agujero. Después llegaron las películas, los series de dibujos, los muñecos... los cuatro quelonios de nombres renacentistas se convirtieron en un producto de marketing, pero de la agresividad inicial que desprendía el cómic ni rastro, así que nos dejaron de gustar en un momento de plena fiebre mundial.
En cuanto a las Scream Queens o Reinas del Grito (como se califica a las actrices habituales en el género Terror/Ciencia Ficción), soy seguidor porque contribuyen a mantener el romanticismo del cine antisistema. Aspirantes a actrices que buscan la fama, aceptan interpretaciones en películas de bajo presupuesto y terminan encumbrándose como iconos de la subcultura, cuyos nombres son recordados con nostalgia durante décadas. De generosa anatomía, la tradición Scream Queen se está perdiendo por culpa de la escasa calidad de los últimos títulos y nulo carisma de las actrices actuales, en su mayoría adolescentes siliconadas e inexpresivas. La última grande ha sido Julie Strain, de generosas curvas y 1.85 de estatura, ha participado en más de un centenar de películas que son carnaza de videoclub. Su vida también es digna de mención: Graduada universitaria, sufrió amnesia al caerse de un caballo mientras practicaba hípica y no recuerda nada de su adolescencia. Emprendió una nueva vida siendo escogida Chica Penthouse en 1991 y debutando como doble de cuerpo de Geena Davis en Thelma y Louise. Después llegarían los sexy thrillers, la caspa ficción y el terror de casquería, hasta que conoció (curiosamente) a Kevin Eastman y se casaron en Las Vegas.Ahora, el destino ha unido a David Fincher, Kevin Eastman y Julie Strain en la nueva adaptación de Heavy Metal, mítico cómic que combina violencia y erotismo con dos versiones animadas previas (en 1981 y 1999). La producción correrá a cargo del propio Fincher junto a Eastman (propietario actual de la franquicia Heavy Metal) y su señora esposa Julie Strain volverá a coger la pistola, a sus 46 años, en uno de los papeles protagonistas. Una combinación fascinante, veremos si el resultado final está a la altura.
Por eso, hay algo que nunca falla. Cuando te respondan eso, contraataca diciendo: “Ah, si... ¿y qué programa escuchas?”. Verás como la respuesta más repetida es “no sé, de todo un poco, nada fijo, ya sabes...”. Vamos, igual que cuando el jurado pregunta a la típica Miss Palencia que cuales son sus aficiones y responde que la lectura, pero preguntale que libro está leyendo actualmente y verás como aumenta su nerviosismo hasta el extremo (salvo que diga El niño con el pijama de rayas, que también sirve de comodín).

Me reúno con una veterana presentadora de televisión que actualmente dirige un espacio nocturno en la radio. Está preparando el guión para el programa de esa noche y, echando un vistazo a la escaleta, parece interesante. Es entonces cuando ambos llegamos a una conclusión que, a los devotos de la magia radiofónica, nos entristece.
La radio es cada vez más previsible y, salvo contadísimos espacios, ha perdido ese estimulante factor sorpresa hasta convertirse en aburrida e impersonal.Los informativos son todos a la misma hora, con las mismas ráfagas y las mismas voces, sólo cambia en enfoque de las noticias dependiendo de los intereses del grupo empresarial que pone el dinero. Las tertulias políticas, la sección de corazón, los deportes, las confidencias de los oyentes... las emisoras emiten exactamente la misma programación y a las mismas horas. Información manipulada y tertulias ramplonas. Voces bonitas pero sin carisma. Programas con una estructura férrea, sin la mínima muestra de improvisación, incertidumbre, magia... las virtudes de una radio que conseguían suplir sus limitaciones técnicas respecto a la televisión a base de ingenio y complicidad con el oyente. Esas mismas virtudes que lograron seducirme, hace ahora diez años, cuando decidí presentar por primera vez un programa para una radio local. Mucho tendrían que cambiar las cosas, pero me temo que esos días (y noches) de radio quedan muy lejos y no volverán, por muy bien que quede esa coletilla de “No veo la tele, prefiero escuchar la radio”.
The Cure, talento con imagen
Un ejemplo de como mantenerse en primea línea sin desviarse con banalidades mediáticas. No aparecen en televisión, apenas conceden entrevistas, tienen una media de edad de 48 años, pero calentaron a más de 25.000 personas en su última visita a la capital. Sus seguidores adolescentes, los mismos que en el instituto eran tachados de raros por emular la estética burtoniana de Robert Smith, han crecido y, a diferencia de lo que pasará con Tokio Hotel, no reniegan de ellos sino lo contrario, esa admiración se ha magnificado con el tiempo. Era la tercera vez que veía a los británicos, aunque la primera en Madrid (antes cayeron Benicassim y Santiago), y la experiencia volvió a ser épica. Tres horas de divertimento y emotividad donde los hits se sucedían uno tras otro. Boys don`t cry, Lullaby, Just like heaven, Lovesong, Friday I’m in love, In Between days, Killing an Arab... y algún adelanto de su imninente nuevo álbum, como A boy I never know o Freak Show.Como la fórmula televisiva también parece demasiado quemada, este año quisieron democratizar lo votos y cualquiera tenía la oportunidad de presentarse, superando los 700 candidatos repartidos entre eternos aspirantes a debutantes (D-Vine, Innata, Arkaitz), siliconadas divas de mercadillo (Sonia Monroy, Malena Gracia, Sonia Arenas), provocadores sin prejuicios (Calipo A, La Terremoto de Alcorcón), idealistas bizarros (Pajarraca) y profesionales que no querían dejar pasar la que, posiblemente, sea su última oportunidad (Coral, Mirela). Desmarcados de estas etiquetas se encontraban destacados de la escena indie nacional como L-Kan, La Casa Azul o Lorena C, a mi juicio, tres aspirantes que deberían estar en Belgrado. En tiempos de cambio ¿por qué no ofrecer algo diferente y de calidad?.
¿Qué pintan esos dos cachas con la radial?
Eurovisión huele a fritanga de chiringuito, a spanglish, a coreografía carcelaria, a maquillaje y lentejuelas. España ha seguido esta estética en los últimos años (Son de Sol, Las Ketchup, D-Nash) y ha hecho pocos menos que el ridículo. No ha nada que hacer porque, desde que en Europa somos tantos, los países hermanados (Rusia, Letonia, Grecia, Estonia, Rumania...) se votan entre años para que, al año siguiente, el festival tenga sede en su capital y aumenten sus ingresos turísticos. Sólo hay que repasar los ganadores de los últimos siete años y comprobar su proximidad fronteriza. Puesto que el NO ya lo tenemos, que vamos sabiendo que no ganaremos, ¿por qué no demostrar que España no es un país de pandereta y que sabemos hacer buena música?. ¿Por qué no aparcar los tópicos y mostrar nuestra modernidad?. ¿Por qué no premiar a artistas indie que llevan años currándoselo con un viaje a Belgrado con todos los gastos pagados?.
Antes de confirmar la participación de Lorena en el concurso tuve la oportunidad de hablar con ella en el programa (puedes escuchar su entrevista aquí) y creo que habría sido una más que digna representante, aunque tal vez la elección de Piensa Gay no haya sido la más acertada. Lamenté que los extremeños L-kan se quedasen a las puertas de la final, sus dos últimos trabajos son auténticos discazos y su aparición televisiva les habría permitido ser redescubiertos por muchos. El caso más doloroso es el de La Casa Azul.
En todo el tiempo que llevo haciendo radio he podido charlar con Guille en un par de ocasiones y es un tipo tímido, reservado, con esa sensibilidad propia del artista-creador, del músico romántico. Verse inmerso en este circo mediático no habrá sido fácil para el y, sí este país fuera medianamente normal, su arrebatadora La revolución sexual sería un superventas. Su puesta es escena es deliciosa y su sonido derrocha épica sin desmarcarse de las influencias J-Pop. Habría sido el embajador perfecto en tierras balcánicas pero la falta de criterio de los votantes lo ha impedido. No voy a hablar del Chiki Chiki, no quiero contribuir a esta inteligente estrategia promocional de La Sexta. Sólo diré que la primera vez que la escuche me hizo la referencia a Jacko y Robocop, la segunda escucha me empezó a saturar y a la tercera fui incapaz de oírla entera. Encima ahora tenemos que soportar al típico graciosillo que la lleva en el móvil y la pone en el metro, como diciendo “que tío más cachondo soy”. Un caramelo que se atraganta, un chiste que ha perdido la gracia, una broma que no ha sabido frenarse a tiempo y nos ha privado de vivir nuestra revolución sexual a la europea. Ya no queda ningún argumento para quedarse el sábado noche casa viendo Eurovisión.